miércoles, 4 de marzo de 2015

NACIMIENTO DE BOLIVIA.


Mag. Martín R. Villagrán San Millán

DE LO SUCEDIDO ANTES DE JUNÍN Y DESPUÉS DE AYACUCHO. 1 DE ABRIL DE 1825 FIN DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LAS PROVINCIAS UNIDAS DEL RÍO DE LA PLATA BATALLA DE TUMUSLA



A mediados de enero de 2015, mis amigos Emilio Cornejo Costas y Felipe Medina, con la generosidad que los caracteriza, me invitaron a participar en la primera reunión del año que realizaría el martes 3 de febrero el caracterizado “Grupo Salta”. Desde luego, el beneficio de no pagar el cubierto, generaría como contrapartida tener a mi cargo la charla correspondiente al ágape. Temía que se me pidiera que hablase de algún tema de derecho societario o empresarial que durante tantos años formaron parte de los desvelos de Emilio y míos, pero Dios, en su versión misericordiosa, me absolvió de tener que volver a incurrir en tales ocupaciones y libró a los futuros contertulios, y a mí mismo, de tener que anticipar los seguramente merecidos purgatorios que tal compromiso y pena implicarían. Pero la misericordia divina se agotó rápidamente cuando mis amigos -bajo el disfraz de la confianza-, me dijeron que hablase de lo que yo quisiera; que es tanto como transferir toda la responsabilidad al disertante. Confieso que sentí la misma sensación angustiante que experimentaba cuando el P. Plácido Urcelay, maestro de tercer grado en el Colegio Belgrano, nos decía que la composición de ese día tenía tema libre. La mitad de la hora me pasaba fantaseando sobre los diversos argumentos que en desordenado tropel concurrían a mi cerebro. Luego, elegido el relato, siempre el tiempo me resultaba insuficiente para su desarrollo. Desde luego, en todos los casos quedaba la sensación de haber elegido mal. Cuando Felipe y Emilio me dijeron que tenía tema libre, era como revivirlo a Urcelay, y en estereo.
Así las cosas, me acordé de una célebre frase de un español ilustre que decía, ante el reproche de que su conferencia en Puerto Rico ya había ido dada en España, que “una buena conferencia no se amortiza sino después de darla muchas veces”. En mi caso, desde luego, no se trataría de una “buena” conferencia pero, de últimas, las clases, las conferencias, los libros, etc. no sé si serán buenos pero, como los hijos, “feos, feos, pero míos, míos”. Así fue que me dije que valdría la pena incursionar en un tema que, bien que parcialmente, fuera motivo de tesis de maestría y de doctorado y de disertación hace ya algunos a los integrantes de la Décima Camada del Liceo Militar General San Martín. Fue así entonces que elegí hablar de lo que hablé. Juro que preparé la exposición por escrito cronometrando la duración de la exposición para no pasarme de los veinte minutos que, como máximo, se me habían señalado a tal efecto. No menos cierto es que, una vez más, las hojas cronometradas quedaron al costado de los cubiertos y mi entusiasmo verborrágico pudo más que mi disciplina escrita. Por lo cual, expuse por más de veinte minutos. Mis amigos -viejos y nuevos-, en la oportunidad tuvieron la exquisita cortesía de simular interés y no levantarse e irse para sustraerse a lo que ya tenía características de sevicia. Ellos, educados y estoicos, se aguantaron. Pometo reciprocidad para casos análogos en el supuesto de seguir siendo invitado a concurrir a estas reuniones. De no ser así, todos sabremos por qué.
Lo que sigue es el texto de lo que debiera haber sido una exposición razonablemente ordenada y resultó ser una anárquica charla entre amigos, el primer martes de febrero de 2015, en el Club 20 de Febrero, en Salta. Allí quise poner de resalto y manifiesto las complejidades del relato de los hechos históricos y el dinamismo que es inherente al suceder de la Historia.     

Exposición en la cena del “Grupo Salta”. Club 20 de Febrero. 3 de febrero de 2015. Salta.  

“Bien conozco que los movimientos en pequeño dan mucho más trabajo y no tienen la brillantez que las grandes batallas pero cuando el objeto principal de una guerra como ésta es conservar un país de la extensión de éste, no hay más remedio que operar según lo permitan las particulares circunstancias.”
El Virrey La Serna al General en Jefe del Ejército del Norte (Canterac).
En Cuzco y Junio 3 de 1824


Tumusla: ¿Batalla, combate, encuentro o simple balazo rencoroso? Estos son los principales interrogantes con los que nos encontramos cuando nos aproximamos a la aprehensión de este hecho de armas, generalmente tan poco conocido teniendo presente que la guerra de la independencia culminó en el Alto Perú, el 1 de abril de 1825, con la derrota y muerte de Olañeta, quien fuera designado desde España el último virrey del Río de la Plata, distinción de la cual el agraciado nunca se enteró ya que la misma estaba fechada, irónicamente, a tres meses de producida su muerte. Ergo, tampoco se enteró Olañeta la desautorización real a su pretendido –y autoproclamado-, virreinato del Perú.
Bien es cierto que Tumusla es consecuencia de Ayacucho, pero no menos cierto es que el resultado de Ayacucho se debió, en gran medida, al hecho de no encontrarse en aquellos campos las fuerzas de Olañeta que permanecían aferradas en el Alto Perú, con su vanguardia orientada al norte luego de sus encuentros con Valdés, y vigilante hacia el sur, hacia las Provincias Unidas, con las que tenía firmado un armisticio con la provincia de Salta. A este respecto no pueden ser más ilustrativas las palabras que dirigía por carta de fecha 24 de mayo de 1824, desde Yungay, el virrey La Serna a Valdés, su jefe del Ejército del Sur: “…no he dudado ni puedo dudar que sus ideas [las de Olañeta] son las de un malvado encubierto con la máscara de la religión y de la fidelidad al rey, tata de obrar de acuerdo con los enemigos del Rey y de la Nación. Es este supuesto, y que en virtud de mi orden de 28 de abril último, que transcribo a V. S. previno al General Olañeta de moverse con su división sobre Salta, no tiene contestación lo demás de que trata el citad oficio de V. S. y así sólo diré que si Olañeta no obedece mi orden citada del 28 de Abril, debe V. S. con las fuerzas que considere necesarias, hacer entrar en el orden al insubordinado Olañeta, pues ni el servicio del Rey, ni la seguridad del Perú, ni la disciplina militar, permiten por más tiempo se tolere á un General que más bien parece enemigo que General del Rey.”Las divergencias se tornaron insalvables entre el autoproclamado virrey del Perú: Olañeta, representante paradigmático del estólido absolutismo borbónico del tristemente célebre Fernando VII, y el efectivo titular del virreinato de Lima: el liberal La Serna.

Quizás sea útil tener presente un aspecto de la personalidad de Olañeta por sus consecuencias militares y políticas: era de todos conocida su desmesurada vocación por el lucro y la acumulación de riquezas. Esto lo llevaba a procurar títulos, honores y grados necesarios para asegurar sus lucrativos emprendimientos y, dícese que su objetivo definitivo había estado en independizarse del Perú primero y luego, según fuese su fortuna, del Río de la Plata. En tales maquinaciones contó con la eficiente ayuda de su sobrino el camaleónico, lúcido y prudente Dr. Casimiro Olañeta

La situación previa a la batalla de Ayacucho semejaba una comedia de enredos. Olañeta privilegiaba en tan crítica situación el diálogo con Bolívar por sobre sus camaradas realistas como el menor de dos males que aparecían inmediatos: o triunfaba La Serna y recibía auxilios de España con cuyas fuerzas operaría sobre Olañeta dándole fin; o, en su caso, restándole apoyo de La Serna y manteniendo el diálogo con Bolívar le permitía alentar esperanzas de alguna forma de solución que contemplase en alguna medida la satisfacción de sus intereses.
Por su parte, Bolívar se beneficiaba con la discordia realista y mantener a Olañeta fuera del campo de La Serna le era una necesidad táctica, En cuanto a La Serna, no pudiendo contar con el concurso de Olañeta, hubo de resignarse a neutralizarlo entregando a Olañeta el dominio del Alto Perú solicitando su paz y amistad a fuer de españoles ante el peligro cercano, suscribiéndose en tales circunstancias el llamado convenio de Tarapaya entre el jefe del Ejército del Sur, el general D. Jerónimo Valdés, a nombre de La Serna, y Olañeta; procurando el primero, con desdoro de las atribuciones virreinales, contar con la asistencia, finalmente fallida, del segundo.
Desde el punto de vista táctico, Sucre y el Ejército Unido Libertador se vieron más que beneficiados en Ayacucho por el hecho de que Olañeta estuviese aferrado en el Alto Perú. Por otra parte, no menos significativo era el hecho de que las fuerzas de Valdés concurrieron a los campos de Ayacucho muy menguadas por los encuentros sufridos con Olañeta poco antes de la batalla. Los acontecimientos se precipitaron y se sucedieron los enfrentamientos con diversos resultados para sus contendientes, que pusieron de manifiesto una increíble capacidad de maniobra y desplazamiento de parte de quienes estaban. La respuesta de Olañeta a Valdés del 20 de junio de 1824, es muy ilustrativa de tal estado de cosas.
Iniciado el conflicto entre el virrey La Serna y el mariscal de campo Olañeta, debe señalarse que las fuerzas de D. Jerónimo Valdés, el general del virrey, estaban compuestas por 2 batallones del Gerona, el 2º batallón del Imperial Alejandro, el 1er. Batallón del 1er. Regimiento de Infantería, 3 escuadrones de Granaderos de la Guardia, 1 escuadrón de Granaderos de Cochabamba y 2 piezas de artillería de montaña. Su dirección de marcha: de Oruro a Potosí. Por su parte, Olañeta había distribuido sus efectivos de la siguiente manera: él mismo, en Potosí; en Chuquisaca, el coronel Marquiegui con su segundo el comandante Francisco Valdés (a) “el Barbarucho y, en Cochabamba, llegados desde Santa Cruz de la Sierra, los soldados de la división al mando del Br. Aguilera. En total, unos 4.000 efectivos.
Valdés tomo la iniciativa y maniobró dejando de lado el camino que lo llevaba a Potosí tomando el que iba hacia Chayanta. Este movimiento obligaba a moverse a Olañeta de Potosí ante el peligro de ver cortadas sus líneas por el centro y la libertad en que quedaba Valdés de poder batir separadamente a su enemigo. En su retirada, Olañeta se alzó con las máquinas de la Casa de Moneda y los fondos depositados en el banco de rescate. Entonces fue que Carratalá toma posesión de Potosí al tiempo que Valdés hacía lo propio con Chuquisaca. Inmediatamente Valdés avanzó sobre su homónimo “el Barbarucho” que se encontraba en La Laguna. A Carratalá no le dura mucho el contento ya que una partida de caballería de Olañeta lo toma prisionero y lo remite a Tarija. En tiempo de este desplazamiento se produce el pase de los Dragones de la Laguna (teniente coronel Rivas) al Ejército del Sur. Alcanzado el Barbarucho en Tarabuquillo se produce el célebre incidente de la descarga fallida de los granaderos sobre Valdés Y, a continuación se dio una de las acciones más sangrientas de este enfrentamiento entre realista, ya que desde el medio día y durante toda la tarde, hasta llegado el anochecer se estuvieron empeñando en masacrarse los unos a los otros. Los primeros en cargar fueron los jinetes de una de las compañías de caballería de Valdés tras la cual, rápidamente, se movieron las compañías de cazadores y granaderos del célebre Gerona, obligando a los del Barbarucho a retirarse buscando la cima de un cerro próximo en protección. Según Torrente, esta acción se cobró entre 500 y 600 bajas de cada uno de los contendientes, siendo de lamentar para Valdés la pérdida de una parte sustantiva de soldados europeos que constituían el nervio de sus fuerzas. Protegido por la oscuridad de la noche el Barbarucho se retiró sobre el río San Juan, quedando cortadas sus comunicaciones con las tropas del Br. Aguilera.
Tarija se pronunció a favor de Valdés y el capitán Rivera se pasó a Valdés con su destacamento de caballería y le volvió la alegría a Carratalá quien se vio libre y a cargo de la ciudad de los chapacos. Estos hechos obligaron a Olañeta a retirarse sobre Llivillivi, en observación de Valdés, al tiempo que se liberaba de toda impedimenta para operar con más libertad y celeridad. Ante la proximidad de Valdés, prosigue su retirada sobre Santa Victoria. Para mantener la actividad y la energía, Valdés, a su vez, se desembaraza de heridos y equipajes a quienes remite a Potosí al mando de Carratalá. Ambas fuerzas queda a la vista en el Abra de Queta y postergado el encuentro para posibilitar que el descanso pusiese a los hombres de Valdés en posibilidad de dar batalla, Olañeta, una vez más, divide sus fuerzas y se retira maniobrando de la siguiente manera: una columna bajo su directo mando se dirige a Tarija; otra, integrada principalmente por infantes, al mando del Barbarucho se pone en persecución de Carratalá con rumbo a Potosí; y la tercera, a las órdenes de Marquiegui, emprende su marcha hacia Jujuy con todos los equipajes de mayor peso. El ardid de Olañeta desconcertó a Valdés quien optó por perseguir la columna de Marquiegui por considerar que sería la principal ya que sus huellas eran las más trilladas. En cinco días estuvo, en Santa Victoria, sobre Marquiegui, a quién tomó su inmenso convoy, aprisionó a don Gaspar de Olañeta (hermano del general) y al mismo Marquiegui (cuñado del general) y demás jefes y oficiales. Por su parte, el Barbarucho alcanzó a Carratalá en la posta de Salo apoderándose de todo cuanto éste transportaba y de Carratalá mismo. El Br. Aguilera, por su parte, había batido a las fuerzas de un escuadrón de caballería de Valdés que tenía a su frente, pero el Br. Vigil logró preservar la infantería marchando sobre Chuquisaca. En estas circunstancias, quedaba Valdés de tal modo en situación más que comprometida: con el Barbarucho a su retaguardia, falto de artillería, municiones y demás pertrechos cualquier otro comandante hubiera caído en la desazón. No era el caso de don Jerónimo Valdés. Advertido del desplazamiento del victorioso Aguilera desde Potosí hacia la fortificada Santiago de Cotagaita, comisionó al general La Hera para cubrir sus movimientos afectando a tal efecto a 25 jinetes de los Granaderos de la Guardia, dos compañías de cazadores del Gerona y del Imperial. Esta fuerza cumplió su cometido con eficiencia no sin pagar tributo a ello ya que debió soportar un combate que le causó algunos muertos, varios heridos entre los que se contó el propio La Hera, y ello, de alguna significación. Valdés flanquea Cotagaita y marchando por el Despoblado, va a caer sobre el camino real de Potosí. Así pues, el 6 de agosto ya se encuentra en La lava a tan solo 9 leguas de Potosí. Se da allí la segunda feroz batalla entre las fuerzas de Valdés y Olañeta sólo que, en este caso, la acción fue entre los dos Valdés, Don Jerónimo y el Barbarucho. Fue un combate en el que no se ahorró obstinación, furor ni sangre, en el que se desperdició valentía y esfuerzo hasta la prodigalidad. Atacó el Barbarucho con una acción fingida sobre el ala derecha de Valdés, mientras se empeñaba real y personalmente sobre el centro donde se situaba éste. Los dos campeones del ejército realista se ponían frente a frente. Si el esfuerzo del Barbarucho hubiese sido cierto -y no fingido-, sobre a derecha de Valdés, quizás hubiese evitado el oportuno auxilio que recibiera el centro de Valdés de parte de las fuerzas de caballería que desde la izquierda de los virreinales llegaron a sostener el tambaleante. De las fuerzas del Barbarucho, solamente se salvaron 40 0n 50n jinetes a uña de buenos caballos. Los demás, incluido el Barbarucho, quedaron prisioneros de Valdés quien, desobedeciendo la orden de ejecutar a cuantos rebeldes cayesen en sus manos, mandó asistir a los heridos cual si fuesen propios.
Olañeta se situó en Tarija, sobre el río Cinti. Enterados los oficiales de éste de la derrota de La lava, ofrecieron entregar a Olañeta al Br Ferraz a quien Valdés dejara al mando de parte de sus fuerzas mientras él mismo operaba sobre Aguilera. Ferraz no quiso asumir la decisión sin consulta a su jefe y pasó la oportunidad.
Canterac es vencido en Junín y La Serna pide el urgente concurso del Ejército del Sur. De resultas de estas circunstancias se esteriliza el esfuerzo de Valdés y queda librado al arbitrio de Olañeta todo el Alto Perú Se le ha recriminado ácidamente a La Serna haber distraído las fuerzas de Valdés en el estéril enfrentamiento con Olañeta en lugar de haber concentrado su poder sobre Bolívar y, luego, operar sobre el insubordinado jefe del Alto Perú.
Pero, sobre la historia que no fue… solo cabe expresarse en subjuntivo.
Lo cierto de todo ello es que, Valdés concurre a Ayacucho con sus fuerzas disminuidas casi en un 50% y habiendo perdido la mayor parte de sus efectivos europeos, que eran los de mayor calidad combativa, toda vez que la tropa americana del ejército real debía ser mantenida en cuadro o en columnas, durante las noches, para aminorar los terribles efectos de las deserciones.
El sol de América brilla en Ayacucho el 8 de diciembre de 1824, para iluminar la victoria de sus hijos conducidos por Sucre, sobre las fuerzas reunidas de los Ejércitos del Norte y del Sur, comandados en jefe por el mismísimo virrey La Serna. Quedaba Olañeta en posesión del Alto Perú, con acceso al Pacífico por Iquique, lo que le hacía alentar esperanzas de recibir apoyo y refuerzos desde la península Ibérica.
El panorama desde el sur. Al finalizar el año 1824, los realistas se mantenían en la fortaleza del Callao, en Chiloé y todo el Alto Perú. Desde el Desaguadero hasta Tarija y desde el Atlántico a Santa Cruz de la Sierra era Olañeta señor de horca y cuchillo. Esta última situación afectaba directamente a las Provincias Unidas del Río de la Plata toda vez que, al menos nominalmente, aquel territorio formaba parte de las provincias altas de lo que fuera el virreinato del Río de la Plata y luego de su sucesora las Provincias Unidas. Salta, en particular no dejaba de sentir el agravio de que Tarija, parte de la gobernación intendencia de Salta del Tucumán, no estuviese en igual status de libertad que el resto de las ciudades de su territorio. Debía, pues, efectuarse el último esfuerzo para concluir la guerra de la independencia.
Antes de librarse las batallas de Junín (6 de agosto de 1824) y Ayacucho (9 de diciembre de 1824), con fina visión estratégica, el general Las Heras, a cargo del ejecutivo nacional, percibía la amenaza de tener un Alto Perú en manos de Olañeta y un Perú con La Serna poderoso. El cambio de situación política en Salta, al elegirse gobernador al respetado general Arenales para reemplazar a Gorriti, vino en auxilio de los esfuerzos -esta vez combinados-, de Buenos Aires y Salta para impulsar el último esfuerzo libertario. Esfuerzo al que se sumaría un contingente sanjuanino. El ministro de la Guerra, Grl Francisco de la Cruz, comisionó a Gregorio Aráoz de la Madrid para colaborar con Arenales. Al llegar a Salta se dio con que ya había partido el contingente avanzado salteño y que, en él, iba como segundo el teniente coronel José María Paz. Interim se gestaban todos estos acontecimientos en Buenos Aires, producida la victoria de Ayacucho, una de sus consecuencias fue la de resultar el general Alvarado de prisionero en Puno, pasar a jefe de gobierno de la provincia. Inmediatamente Sucre puso a este destacado general de San Martín al frente de la vanguardia con la que operaba sobre Olañeta. En su mérito, Alvarado puso 500 hombres sobre el Puente del Inca en el Desaguadero y habiendo solicitado refuerzos de Sucre, éste le envió dos batallones, con lo que quedó formada la vanguardia del Ejército Libertador, por el norte. En tales circunstancias fue que el caudillo Lanza entró en tratos con Alvarado. De sus resultas, José Miguel Lanza, quien luchaba por la republiqueta de Ayopaya, el 29 de enero de 1825 La Paz, cuando aún dirigía sus tropas en Inquisivi.
Sucre, por sí mismo, y a través de Alvarado trató de convencer a Olañeta de la inutilidad de nuevos derramamientos de sangre, resultando infructuosas todas las tratativas en tal sentido. Así entonces, comisionó a Alvarado para que tratara con Arenales, de quien fuera camarada en el ejército de San Martín, para que se dirigiera en su nombre a este último para solicitarle que, como gobernador de Salta, se moviera con cuanta fuerza le fuera posible acometiendo a Olañeta desde el sur, en tanto que él haría lo propio desde Puno con sus importantes fuerzas (se hablaba de unos 10.000 hombres) de modo tal que el jefe realista se viera amenazado por su frente y su retaguardia.
Las fuerzas que partieron de Salta estaban compuestas por unos 1.400 efectivos de las tres armas al mando directo del coronel Francisco Bedoya. Este contingente se vio engrosado prontamente por las fuerzas al mando del coronel José M. Pérez de Urdininea, quien, desde luego que por razones de rango, tomó la jefatura de la fuerza y puso a su división a la vanguardia. Una vez organizadas todas las fuerzas en campaña, se dio inicio a la misma el 25 de marzo de 1825 marchando sobre el Perú el Ejército del Norte en su última campaña al Alto Perú. Lo mandaba en Jefe el gobernador de Salta, Grl Antonio Álvarez de Arenales, por su segundo iba el teniente coronel José María Paz, la División San Juan al mando de su jefe el coronel Pérez de Urdininea, los escuadrones de Salta y Jujuy se pusieron a las órdenes del coronel Toribio Tedín (Ex ministro de Güemes). El Dr. Mariano Serrano (peruano, como Urdininea), tuvo a su cargo la secretaría de la expedición.  El camino elegido por Arenales para el deslazamiento fue el de la quebrada de Humahuaca.
Los acontecimientos se precipitan. La primera reacción de Olañeta luego de Ayacucho es procurar agregar a sus fuerzas las del nuevo (autoproclamado) virrey don Pío Tristán (Sí, el derrotado en Tucumán y Salta) que se encontraba en Arequipa, donde, según Torrente, sobraban armas en tanto que a Olañeta le abundaban los desarmados. A tales efectos despachó primero a su ayudante de campo, coronel mayor don Ángel Hevia adelantarse sobre el Desaguadero con todas las fuerzas que pudiere sacar de Potosí y Chichas, luego, hizo lo propio con el célebre coronel José María Valdés (Sí, el “Barbarucho”) a quien, con las fuerzas de Cochabamba, debía ir sobre Puno y fijarse en ella con un batallón y un escuadrón hasta hacer contacto con Tristán. Por su parte, Olañeta iría en persona a La Paz procurando levantar nuevos cuerpos para afrontar la campaña en ciernes. Valdés quedó cerca de Puno y su capellán (el P. Archondo) fue comisionado para convenir con Tristán las futuras operaciones. Todo ello resultó frustrado y las desgracias no tardaron en sucederse. Sucre por el norte el 6 de febrero cruza el Desaguadero.
El que avisa, no traiciona”. Los espíritus más avisados que rodeaban a Olañeta, también los más aptos para la supervivencia, los darwinianos, fueron capaces de prever la falta de viabilidad del régimen realista, y encontraron la manera de pasarse -y hasta de hacer carrera más luego-, con los independentistas. Tal fue el caso paradigmático del secretario del general Pedro Antonio de Olañeta, su propio sobrino el inolvidable Casimiro Olañeta, antes, furibundo realista. La defección de éste se produjo en ocasión de encontrarse de viaje a Iquique con 18.000 pesos para comprar armas- Éste, desvía su camino y sale al encuentro de Sucre. Ambos se encuentran en el Desaguadero y juntos cabalgan rumbo a la ciudad de La Paz donde se emitió el decreto del 9 de febrero de 1825 que pide a las provincias altoperuanas decidan su destino. Mucho se ha escrito sobre la influencia que pudo tener Olañeta (Casimiro) sobre Sucre para que el decreto se emitiera de esta forma; en todo caso, Sucre vio a través de él el deseo de autonomía que tenían los altoperuanos coincidentes con los del coronel Medinaceli.
El 12 de febrero es depuesto el Br Aguilera de resultas de las sublevaciones en cadena: en Cochabamba del 1er. Batallón del Fernando VII (coronel José Martínez); en Vallegrande el 2º Batallón del Fernando VII. El 14 de febrero, Santa Cruz es ocupada por el coronel José Manuel Mercado; el teniente coronel Pedro Arraya, con los escuadrones "Santa Victoria" y "Dragones Americanos" compuesto por “seiscientos hombres bien montados y con sables hechos en Potosí”, los que influidos por el coronel chileno Saturnino Sánchez se pronunciaron, en Cochabamba, en favor de la patria, toma Chayanta, disponiéndose a atacar a su ex jefe en el camino de Oruro; como los males nunca vienen solos, el 22 de febrero, en Chuquisaca, los "Dragones de la Frontera" cuyo jefe era el coronel Francisco López se pronunciaron por los independentistas.
Para compensar en algo, Encontrándose en Potosí, Olañeta recibe la incorporación a sus fuerzas del batallón “Unión” que volvía desde Puno al mando de su jefe el coronel José María Valdés. Allí se anoticia de que el “general insurgente” Arenales se movía desde Salta en dirección a Chichas y que, por su parte, Sucre se encontraba ya con su ejército en Oruro.
Despliegue de Olañeta. La línea del ejército de Olañeta, que según fuetes realistas llegaba a unos 2.500 hombres, se formaba apoyada en:Cotagaita: Allí se encontraba al mando el coronel Carlos Medinacelli Lizarazu formando con el Batallón Chichas, a quienes se sumaban los voluntarios que engrosaron dicha unidad y la de “Cazadores Chuquisaca: Valdez con el batallón Unión. Vitichi (chichas) Olañeta, con el grueso de las fuerzas.
El avance del Ejército Libertador desde el norte, prosigue implacablemente. El 29 de marzo, Sucre ya se encuentra en Potosí. El 29 de marzo, fecha nefasta para Olañeta, Medinaceli le escribe a su jefe informándolo de su defección. En el acto su batallón de Chichas es engrosado con efectivos patriotas de Cotagaita. (El mismo lugar en que tuviera lugar el primer combate del Ejército Auxiliar del Perú el 27 de octubre de 1810) A ellos se habrían sumado 500 tarijeños que respondían al célebre caudillo “Moto” Méndez.
En vista de tan graves acontecimientos, Olañeta llama a consejo de guerra y por pluralidad de votos se resuelve retirarse sobre Chichas y jugarse a todo o nada antes que capitular con los disidentes. Antes de las 24 horas, Olañeta se anoticia que Urdininea, de la división Arenales, se hallaba ya a la entrada de Tupiza y destaca a su primer ayudante nuestro ya conocido Ángel Hevia para batir las fuerzas contrarias operando en combinación con el coronel Medinaceli quien disponía de dos escuadrones y un batallón en Cotagaita. Encontrándose Hevia próximo a Cotagaita toma conocimiento de la defección de Medinaceli quien permanecía en observación en Tumusla. Hevia, por su parte, se había retirado a Vitiche, según órdenes recibidas y desde allí avanzó sobre Tumusla en procura de someter a Medinaceli. Al mismo tiempo y a iguales efectos, Olañeta retrocede desde Cotagaita a Tumusla. Sus fuerzas: 700 hombres
“Alea jacta est” El 1º de abril de 1825 los ejércitos de Medinaceli y de Olañeta están a la vista. Al norte de ellos, se encuentra Sucre a menos de 10 leguas; al sur, Arenales cerrando camino y convergiendo sobre Olañeta. Le era llegado el tiempo de honrar su decisión expresada en la junta de guerra: ¡a vencer o morir! La mañana dio tiempo a los preparativos y jactancias previas a todo combate de la época. Así es que Medinaceli arenga a sus soldados en estos términos: “¡Jefes, Oficiales y Soldados! ¡Valerosos Chicheños, Tarijeños y Compatriotas! Por la libertad y la autonomía de la Patria, enfrentemos decididos a la División enemiga que avistamos ya. De vuestro empuje, denuedo y valor de esta tarde, del primer día de abril, de Jueves Santo, dependerá la gran victoria o la derrota definitiva de nuestro Regimiento y Batallón “Cazadores” y “Chichas”. Cortemos a la vez la traidora contramarcha del Batallón “Unión” del Cnl. Manuel Valdés, Alias Barbarucho. ¡Adelante Camaradas! Y los enemigos que aparecen al norte y con ellos los del Sud, desaparecerán como las sombras con el día! / ¡VIVA LA PATRIA Y VIVA LA LIBERTAD! / Campo de Tumusla, Abril 1 de 1825. / (Fdo.). Cnl. Carlos Medinaceli”.
Las fuerzas en presencia en el campo de Tumusla se componían de:
Ejército realista: - Grl Pedro Antonio Olañeta con sus regimientos “Fernando VII” y “Real”. - Cnl M. Valdés, alias Barbarucho, con su batallón “Unión”, rendido luego de la retirado a Vitiche, según órdenes recibidas y desde allí avanzó sobre Tumusla en procura de someter a Medinaceli. Al mismo tiempo, y a iguales efectos, Olañeta retrocede desde Cotagaita a Tumusla. Sus fuerzas: 700 hombres
Dada la campal batalla y rendido el enemigo realista, no fue posible de manera inmediata conocer con certeza las bajas del enemigo, sin embargo cae muerto su comandante y último Grl realista D. Pedro Antonio de Olañeta, en la colina de "San Carlos", ribera Norte del río Tumusla escenario del combate.
De resultas de la vctoria de la patria, se tomaron 200 prisioneros, 20 oficiales, bagajes, municiones y la posesión de todo el parque de guerra de Olañeta. El Barbarucho Valdés logró retirarse con su batallón “Unión” solamente para postergar agonías ya que tuvo que rendirse a Urdininea, como se dijo, en el parte recibido por Sucre y Arenales, se decía lacónicamente: “Fuimos 26 Jefes y Oficiales con 1.300 clases y soldados, los vencedores en la Batalla de Tumusla, efectuada frente al río Tumusla y sobre el camino real y adyacencias del cerro, la tarde del Jueves Santo [el] 1º de abril de 1825, de las 3 de la tarde a las 7 de la noche”.
Julio Ortiz Linares, el más completo historiador de Medinaceli y Tumusla, señala que concluida la batalla de Tumusla se generó una activa correspondencia entre Medinaceli y Sucre entre las cuales se destaca una de ellas formulada en estos términos: “... Después de haber logrado la victoria, me propusieron capitulación, a la cual la humanidad me ha exigido condescender, en virtud del llanto y la sumisión con la que me lo expusieron, me hizo aceptar a ella. De lo cual y todo lo acontecido esta feliz tarde y noche para la nueva patria (...) La batalla se decidió de las tres de la tarde a las siete de la noche. Y en el momento de un pequeño desahogo enviaré a V.E. el parte individual con detalles. Al concluir ésta, he tenido de que el Gral. P. A. Olañeta acaba de expirar. Saludos a Vd.” Por su parte, Bolívar escribía a Medinaceli: “Abril 18 de 1825 (Perú): / Señor Coronel Carlos Medinaceli: Últimamente escribí una nota especial al Gral. Sucre, manifestando mis parabienes por la actitud de Ud. con respecto a la lección vigorosa y campal que dio usted al último de los generales españoles que servían de estorbo en nuestra campaña emancipadora. Tumusla debe ser para Ud. de hoy en adelante, la más alta condecoración moral en su carrera militar; no tema Ud. que la Historia y el tiempo señalen la acción de Ud. como se pretende mal, una defección absurda. Por el contrario, para mí TUMUSLA ha sido una brillante demostración de la estrategia política y guerrera desarrollada por Ud. y de definitivos resultados para nuestro Ejército Libertador. / Estrecho a usted la mano, repitiendo mis más caras felicitaciones. Bolívar”. El propio mariscal Sucre se dirigía a Medinaceli en estos términos: “Abril 18 de 1825 (Potosí) Sr. Coronel Carlos Medinaceli (Cotagaita): Vayan a Ud. mis líneas para hacerme partícipe de la verdadera expresión de estímulo que S. E. el Libertador (Bolívar) le ha conferido por la brillante actuación de Ud. en la Batalla de TUMUSLA; cuando recibí el parte de ella, redactado por Ud. No pude menos que enaltecer el temple militar y espíritu patriótico de usted augurando el destino glorioso de nuestras armas y diciéndoles a todos los que me rodeaban en aquel instante: Medinaceli es el más perfecto equivalente del soldado cívico, su penetración militar bosqueja los resultados que habrían sido adversos para estas provincias, sino resisten por sí solos ante el embate de los últimos dominadores de esta América”. / Esto repito a Ud. en esta mía, para que vea en cuánto valora Sucre las acciones resueltas y ejemplares que toca a sus contemporáneos, y más aún a las generaciones posteriores, como timbre de honor que éstas serán las llamadas a reforzar la creación de la nueva patria. Con TUMUSLA Ud. y sus familiares descendientes, han ganado todos los honores y laureles que su propia tierra se los dará y con razón suma de veras agradecida. / Soy de Ud. / José Antonio de Sucre”.
La división del sur, llamada “Prptectora de los Pueblos Libres”, al mando del gobernador de Salta, Grl Juan Antonio Álvarez de Arenales, de acuerdo a instrucciones del gobierno argentino llegó hasta Tupiza y él mismo, su comandante en jefe, hasta Potosí y Chuquisaca desde donde emprendió el regreso a sus cuarteles de guarnición el 30 de agosto de 1825.

Con Olañeta moría la última amenaza realista en las Provincias Unidas del Río de la Plata y de resultas de la misma se pudo reunir la Asamblea Constituyente convocada por el Mariscal de Ayacucho. Las provincias del Alto Perú tenían que decidir si quedarían anexados al Perú como lo decidiera el virrey Abascal desde los movimientos del año 1809; si se incorporarían a las Provincias Unidas del Río de la Plata a la que en derecho pertenecían y a la que los diputados del Alto Perú habían brindado su protagónica participación en la declaración de independencia del año 1816; o si por el contrario, se declararían independientes del Perú, del Río de la Plata y de cualquier otra potencia. En definitiva el Congreso decidió constituir la República de Bolivia. Por su parte, no puede soslayarse el hecho de que el Congreso General Constituyente de Buenos Aires, por decreto de 9 de mayo de 1825, declaró que "aunque las cuatro provincias del Alto Perú, han pertenecido siempre a este Estado, es la voluntad del congreso general constituyente, que ellas queden en plena libertad para disponer de su suerte, según crean convenir a sus intereses y a su felicidad", despejando el camino a la independencia altoperuana.
El diputado José Mariano Serrano, con una envidiable economía de lenguaje, expresó en el acta de la independencia de Bolivia redactada en el Congreso del que fuera presidente: “El mundo sabe que el Alto Perú ha sido en el continente de América, el ara donde vertió la primera sangre de los libres y la tierra donde existe la tumba del último de los tiranos.”

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