miércoles, 8 de abril de 2020

DE LA TRAGEDIA A LA ESPERANZA




Felipe Hipólito Medina
Lic. en Ciencias Religiosas




Frente a un drama, el hombre se defiende usando la ironía, las bromas y las burlas, en un intento de mostrar una superioridad frente al peligro y a la situación crítica derivada del mismo. Dentro de los memes, que se cuentan por miles, había uno que mostraba un rostro de Cristo y decía, “¿en estas pascuas, suben ustedes o bajo yo?”. La muerte sigue siendo un misterio muy difícil de descifrar y más duro de aceptar. La Pascua representa para el mundo judeo cristiano un momento vital de liberación del hombre frente a la esclavitud y a la muerte.

Liberación para el pueblo elegido de la Antigua Alianza, que conmemora el paso por el mar Rojo, dejando atrás el sometimiento de varias generaciones en manos de los egipcios, conmemoración del nacimiento de la conciencia plena de pueblo frente a conceptos individualistas, conciencia de pueblo elegido por Dios para consolidar una nueva nación.

Liberación  para el pueblo cristiano, que conmemora y rememora la pasión, muerte y resurrección de Cristo,  donde se abre un camino de esperanza para el hombre nuevo, la muerte se concibe como un paso necesario para llegar a la plenitud de la vida en Dios.  

En el contexto de la Pandemia provocada por el COVID-19,  las distintas religiones comenzaron a jugar un papel importante en aquellos lugares donde sus pastores tienen una función más amplia que la guía espiritual y son verdaderos actores sociales dentro del Estado. La iglesia católica liderada por el papa Francisco, en Europa, sobre todo en Italia, tomó la posta de acompañar a las autoridades de gobierno y a los expertos en temas de salud pública y limitó sus eventos religiosos, tanto los eventos masivos como congresos, cursos de retiros y los ritos de culto, celebrados en templos cerrados y sin asistencia de fieles, llegando,  en casi todos los países afectados, incluido el nuestro, a suspender la asistencia de los fieles a los oficios litúrgicos de Semana Santa. Instó a todas las Conferencias Episcopales de los países afectados a acompañar a los enfermos, a los ancianos y a los más desposeídos. Esta actitud no es nueva en nuestro país, pues, hace casi 150 años, durante la peste amarilla, la iglesia también suspendió los cultos masivos en Semana Santa, pero sus pastores no abandonaron la atención de los enfermos, ni la ayuda económica a quienes trabajan por aliviar las secuelas de la llamada fiebre amarilla.

En toda situación grave, el hombre tiende a salvar a niños y mujeres, muchos hombres abandonaron a sus propios padres, o mujeres a sus maridos. Pero sin descanso los curas, frailes y religiosas brindaban consuelo a los moribundos. Alrededor de 80 clérigos fallecieron víctimas de la peste en Buenos Aires, sin contar otras personas consagradas y laicos. A partir de ese período y hasta comienzos del siglo XX la iglesia en Argentina floreció en servicios a huérfanos, viudas y ancianos, con albergues y colegios, en una proliferación de nuevas congregaciones religiosas, que llegan hasta nuestros días.

El papa Francisco e incluso muchos obispos en el mundo se ven acosados por los sectores conservadores, quienes los tildan de herejes por no permitir la asistencia de los fieles a los ritos de Pascua. “Esto nunca pasó”,  dicen algunos y llenan las redes de improperios contra los religiosos. Otros dicen que es desafiar a Dios y no tener fe en Él que todo lo puede. Algunas iglesias evangélicas, sobre todo en el norte Italia, manteniendo esta postura de fanatismo, fueron las principales fuentes de contagio del coronavirus.  Otras confesiones religiosas cristianas y de otros cultos optaron por obedecer los consejos de los expertos en salud.

La Pandemia encuentra a una iglesia católica debilitada por luchas internas y desprestigio social, sin embargo, el papa Francisco, imbuido de un humanismo sin igual, y de una fe sólida en el Evangelio de Cristo reaccionó con una rapidez inusitada para una organización religiosa de movimientos lentos y acompañó  a quienes luchan contra éste enemigo de modo eficaz. Una peste de ésta magnitud, totalmente inédita, saca lo mejor y lo peor de cada persona, de cada institución, sea pública o privada. Y el que entiende la fe verdadera, sabe que Dios no hace milagros donde no hace falta, y permite el mal porque, aún de allí, pueden surgir bienes mayores.

El discurso del Pontífice en este tiempo ha acentuado enfáticamente,  la misión de sus pastores y el compromiso con el servicio de los más pobres, de los ancianos y de los enfermos, los excluidos de esta sociedad que sólo valora al hombre por  el éxito,  por el poder, la eficiencia y el dinero.  La iglesia tiene como misión en ésta gran peste, no sólo de servir, como lo han hecho miles de sacerdotes y personas consagradas junto a equipos de laicos en Europa, hoy muchos de ellos contagiados o muertos. La Iglesia se convirtió en la  necesaria conciencia ética para recordarles que no se puede seleccionar quien vive o quien muere, por falta de recursos o la falta de una seria estructura de salud pública, típica de las miserables políticas públicas en ésta materia y de la tan mentada corrupción. Debe ser la conciencia ética para instar a sus feligreses y toda la sociedad a respetar las normas del estado en estas tristes circunstancias.

A Dios rogando y con el mazo dando, decían las abuelas en su refranero popular, para recordarnos que la fe no es tirarle toda la tarea a Dios y conformarnos sólo con rezar. Mucho menos pensar que seremos castigados en el más allá por no asistir a los rituales litúrgicos. Es la hora de la iglesia doméstica, la iglesia de la familia, la  iglesia en familia. La fe cristiana, la fe en general no es magia; la magia es ilusión, la fe es compromiso.

Muchos hablan del planeta, nuestra casa común,  que se recupera porque hemos frenado el consumismo por decreto, que muchas familias intentaron aprender a convivir y que no pocos  hemos aprendido que la casa propia no es un dormitorio solamente. Hubo y habrá problemas en muchos ámbitos en éste impase del mundo, pero es una oportunidad para entrar en nuestra interioridad, en la conciencia y el corazón. Es tiempo de sanación de la humanidad del humano.

Y la iglesia, como tantas instituciones, incluidos los poderes políticos y sociales, tienen la gran oportunidad de repensarse y redimirse en esta cuarentena. Pueden surgir los grandes hombres y mujeres de la historia de los comienzos del siglo XXI. La Pandemia es prueba, es don y tarea. “El que te creó a ti sin ti, no te salvará a ti sin ti”, decía Agustín de Hipona. Saldremos de este tiempo de tribulación juntos como pueblo, con rezos, sí; pero fundamentalmente, con responsabilidad social, prevención y creatividad, con humanidad. 

1 comentario:

  1. Gracias Felipe por tu artículo. Buen aporte al Grupo Salta. Abrazos.

    Ricardo

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