viernes, 4 de mayo de 2012

Trabajo informal en una economía formal

Dr. Julio Moreno, 4/may/2012 para El Tribuno

Es más que significativo el porcentaje de trabajadores que no pagan impuestos ni hacen aportes a una obra social ni al pago de jubilaciones, es decir, son trabajadores informales o en “negro”. Según los datos del Indec para el tercer trimestre del año pasado, el 34,6% de los trabajadores activos estaban en esas condiciones y actualmente estos porcentajes van en aumento.
Este fenómeno es relativamente reciente. Se inició a fines del siglo pasado con consecuencias directas en la economía, especialmente de los países subdesarrollados. Entre las causas de este gran crecimiento podemos citar:
a) El intenso proceso de migración rural-urbano que dio origen a la creación de grandes centros urbanos sin infraestructura, generando problemas de hacinamiento y marginación;
b) El modelo industrializador y de sustitución de mano de obra, que junto a las políticas públicas han generado gran cantidad de desocupados;
c) El cada vez mayor número de pequeños productores o microemprendedores que no aportan a ningún sistema de seguridad social, previsional y no pagan impuestos.
El trabajo informal está relacionado con el aumento de la demanda de trabajo y empleo, que no pudo compensar la mayor oferta de trabajo generada por el crecimiento poblacional y por la migración.
Entre las características de los sectores informales podemos citar el difícil acceso al crédito, la no propiedad de los medios de producción y los escasos niveles de formación educativa, entre otros. Recordemos, además, que este sector aporta trabajadores al sector formal cuando este lo necesita y los recibe cuando son expulsados. También, en algunos casos, no contribuye con el medio ambiente por los métodos de producción utilizados. En definitiva, se debe tratar de disminuir este segmento a través de políticas públicas, de capacitación, planes de fomento, etcétera.
Debemos ser conscientes de que los sectores informales se dan por factores económicos, culturales, sociales y políticos.
Algunos números
Si estimamos en nuestro país la fuerza activa en 19 millones de trabajadores y, según los datos del Indec para el tercer trimestre del 2011, la tasa de desocupación fue del 6,7% y el porcentaje de trabajadores informales alcanzan al 34,6% de esa fuerza activa, tenemos los siguientes números:
Fuerza activa total: 19 millones de trabajadores (estimada).
Desocupados: 1.273.000 trabajadores.
Trabajadores formales: 11.069.600 trabajadores.
Trabajadores informales: 6.657.400 trabajadores.
Es muy significativa la cantidad de trabajadores informales que existen en nuestro país y, al no pagar impuestos ni contribuir con la seguridad social, es la economía formal la que soporta el gasto en Educación, Salud, Justicia y otros servicios para todos los habitantes.
Los trabajadores informales no solo son los que no poseen un trabajo digno en relación de dependencia, sino, además, son los que realizan algún tipo de actividades individuales o en grupo, como artesanos o pequeños productores agropecuarios.
La economía informal, también llamada “en negro”, “subterránea” o en ”B”, es donde se refugia la producción de bienes y servicios a pequeña escala.

El costo salarial

El costo de los aportes patronales y los aportes personales de un trabajador en blanco representa el 40% de lo que percibe el asalariado (su salario de bolsillo) y representa casi un 30% del costo salarial total para el empleador.
Durante el segundo trimestre del 2011, para una remuneración bruta promedio del sector privado de algo más de 5.500 pesos, el costo no salarial (incluye aportes patronales) fue de 2.000 pesos. Estos datos fueron aportados en un reciente informe de SEL Consultores.
Después de analizar los costos de los trabajadores formales, podemos explicar y también llegar a justificar la alta incidencia de trabajadores informales en la economía.

Disminuir el trabajo informal
Una de las mejores formas de disminuir el trabajo informal es reduciendo el costo del trabajo formal, es decir bajar lo máximo posible el monto de los aportes patronales y a la seguridad social. Se trata, en definitiva, de crear las condiciones para que a los empleadores les convenga económicamente mantener a los trabajadores en el sistema formal. Esto se logra con convicción y decisiones políticas.
En Argentina necesitamos que se generen muchas más fuentes de trabajo genuino en una economía formal, y para lograr este objetivo se deben disminuir los aportes patronales, como así también los aportes a la seguridad social y algunos tramos del impuesto a las ganancias. Solo implementando estas medidas se logrará en el mediano plazo que la economía informal vaya perdiendo importancia relativa respecto de la formal.
Por un lado, el trabajador informal o el empleador que contrate trabajadores informales ingresarán en la economía formal y no correrán el riesgo de perder un juicio o pagar indemnizaciones o multas que puedan llevarlo a perder todo su capital, especialmente las micro, pequeñas y medianas empresas (pymes)
Desde el Gobierno se tiene que hacer el siguiente análisis: lo que deja de percibir por la disminución de aportes al trabajo lo recuperará con otros impuestos como el impuesto al valor agregado (IVA), a las ganancias, bienes personales, etcétera, porque se blanqueará un porcentaje importante de la economía como consecuencia de haber ingresado al circuito formal buena parte del sector informal que desarrolla sus actividades en la economía informal o subterránea.

jueves, 3 de mayo de 2012

URANIO ARGENTINO: y la matriz energética

Dr. Ricardo Alonso, 10/Oct/2011, para El Tribuno

Corría 1950, el “Año del Libertador General San Martín”, cuando el general Juan Domingo Perón decidió la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Ese mismo año, se pusieron en marcha numerosas comisiones de geólogos para prospectar el país en busca de uranio. Una de esas comisiones llegó hasta Cachi y estaba formada por tres reconocidos geólogos e investigadores: Eduardo Oscar Harispe, Gregorio Gagarin y Roberto Félix Camps. Una curva traicionera del camino tronchó en Salta la vida de estos tres profesionales, mártires involuntarios de la naciente energía atómica argentina. Años después, cerca de allí, en el Valle del Tonco, se descubrirían las minas de uranio salteñas, entre ellas la mina Don Otto que estuvo en producción por más de veinte años y proveyó de combustible nuclear a nuestras centrales atómicas.

Días pasados, la señora Presidenta de la Nación puso en marcha un nuevo sector de Atucha II, al menos un paliativo en la recuperación del programa atómico que venía largamente postergado. Con ello, la matriz energética argentina, que hoy largamente depende de los hidrocarburos, tendrá un aporte extra de megavatios. De esta manera, la energía eléctrica de origen nuclear llegará al 10% de esa matriz nacional. Todavía queda por seguir adelante con Atucha III y con el reactor Carem en Formosa. Ahora bien, tenemos las plantas nucleares pero hace falta alimentarlas con el combustible atómico. Para eso necesitamos uranio. Como decíamos al principio, desde la década de 1950 hasta la de 1980, los geólogos recorrieron el país prospectando minerales nucleares.

De esta búsqueda surgió la identificación de 5.000 manifestaciones radiactivas naturales, de las cuales al menos tres fueron las más importantes. Todavía hoy se calculan en más de 15.000 las toneladas de reserva de uranio disponible en el país. En Salta, se explotó la mina Don Otto y otras manifestaciones menores en los valles de Tonco y Amblayo. Con el hallazgo en Mendoza de Sierra Pintada toda la atención se volcó en la explotación de ese rico yacimiento con reservas suficientes para abastecer las necesidades nacionales, dejando de lado otros en Córdoba, La Rioja y también en Salta. Finalmente, el depósito de Cerro Solo en Chubut, otro valioso depósito en la meseta patagónica, quedó sin ser explotado y aguarda su futura puesta en marcha.

Lo cierto es que la República Argentina, con un plan atómico en marcha desde 1950, no produce hoy ni un solo kilogramo de uranio propio. Por el contrario, estamos exportando de Kazajistán, una de las repúblicas de la ex-URSS, el 100% del uranio que usamos como combustibles en nuestras plantas atómicas. Téngase presente que Atucha II demandará un consumo anual de 100 toneladas de uranio, lo que obligará al país a duplicar las importaciones de mineral. Si bien el uranio todavía se consigue en el mercado internacional, la fluctuación de su precio puede generar serios problemas en el futuro.

Por un lado China tiene un ambicioso plan de crecimiento geométrico de su energía nuclear con un régimen de construcción de 16, 32, 64, etc., centrales nucleares a lo largo del siglo XXI, que busca la instauración de un sistema energético en red para la generación de energía ilimitada para un crecimiento ilimitado. Se trata de la creación de un “Sol artificial” diseñado en toda su superficie continental. Muchos otros países siguen avanzando con sus planes nucleares, entre ellos nuestros vecinos Brasil y Chile. Esto hará que, a la larga, el precio del uranio alcance valores importantes. En el año 2000, la libra de uranio se cotizaba en unos 10 dólares. En el 2005, explotó el precio que comenzó a crecer aceleradamente alcanzando a 140 dólares la libra en el 2007. Luego se produjo otro bajón por la retracción de la demanda energética mundial y el precio volvió a caer, ubicándose actualmente alrededor de 40 a 50 dólares la libra.

Urge entonces volver la vista hacia los propios yacimientos uraníferos, que son del país, que los explota un organismo del Estado como es la CNEA y que permitirían crear trabajo genuino, riqueza genuina y electricidad barata para todos los argentinos. Hemos sufrido la demonización de organizaciones internacionales, como Greenpeace, que atacan sin fundamentos a la energía atómica (y en el fondo a cualquier desarrollo genuino de energía como lo demostraron con el carbón de Río Turbio o las presas hidroeléctricas del Paraná). Y lo hacen, entre otras cosas, para vender sus productos verdes, entre ellos los foquitos de bajo consumo que son muy inferiores ecológicamente a los viejos foquitos de filamento de tungsteno.

La energía atómica, a pesar de todo lo que se diga, es barata, es segura, no es contaminante (produce fundamentalmente vapor de agua), no genera gases de efecto invernadero, sus residuos son perfectamente tratables y las plantas gozan de altos estándares de seguridad internacionales. Véase como ejemplo el caso de Japón, donde un inesperado terremoto de grado 9.1, seguido de un tsunami, no pudo destruir a la central de Fukushima. Le produjo averías menores, lo cual es lógico por la intensidad asombrosa del sismo y la liberación de energía desatada. Pero así y todo, los sofisticados controles funcionaron y bien. El caso de Alemania es diferente. El plan de la señora canciller Merkel y de sus socios verdes para frenar la energía nuclear se va a evaporar junto con el propio gobierno. Es imposible sostener el desarrollo alemán con molinitos de viento o panelitos solares. Las energías alternativas ayudan pero no definen.

El desafío

Nuestro país finalmente tiene que ponerse los pantalones largos y cerrar completamente su ciclo del uranio, desde el yacimiento minero hasta la producción de energía, pasando por su procesamiento en las plantas nucleares y el aprovechamiento de todos los derivados, incluidos el tema de los isótopos radiactivos para la cura del cáncer y otras enfermedades malditas del último siglo.

La República Argentina debe estar orgullosa de su rol pionero en la energía atómica a escala global, de su desarrollo desde el Estado nacional, de sus empresas privadas como Invap (entre las mejores del mundo en la construcción de reactores para radioisótopos), de la potencialidad presente y futura de sus yacimientos minerales y, sobre todo, de los fines pacíficos que se le da al tema atómico en nuestro país desde hace ya 60 años.

Vamos por todo

Dr. Armando Frezze, 2/may/2012 para El Tribuno



No se tiene demasiada certeza que aquella consigna: “El pueblo quiere saber...” fuera gritada por los criollos durante los sucesos de mayo de 1810; en cambio existe plena evidencia respecto de que la libertad de imprenta fue otorgada al pueblo por vez primera al año siguiente por el Estatuto de 1811, flamante derecho que evolucionó y es hoy el derecho a la información: poder opinar, conocer y preguntar libremente. Tan natural es ese ejercicio que hasta en el fútbol resulta habitual una conferencia de prensa del técnico con los periodistas después de cada partido de cierta relevancia. Es impensable que un director técnico rehuya invariablemente de hacerse cargo de las preguntas, responsabilidad que forma parte de sus deberes.

Algo similar ocurre en la política, los dirigentes tienen deberes y uno de ellos consiste -aquí y en todo el mundo democrático- en habilitar los espacios destinados para contestar los interrogantes de la prensa, orientada a conocer de boca de los responsables el porqué, el cómo o el cuándo de las acciones -o de las omisiones- de la gestión de gobierno.

Ese saludable ejercicio ya no se practica aquí a nivel presidencial: desde hace casi una década tanto el fallecido presidente Kirchner como su sucesora le han esquivado el bulto al periodismo de una manera sistemática, rayana en la cobardía política, disimulada apelando a varias explicaciones y adobada con recurrentes ataques al periodismo. Esta tirria morbosa fue elevada a categoría de principio general: “Los periodistas ya no son intermediarios necesarios”, como afirmó el exsecretario de Medios Enrique “Pepe” Albistur a un diario en 2007. Albistur fue funcionario de ambos Kirchner. La titular del Poder Ejecutivo, al igual que su antecesor, solo comunica hechos de su gestión durante actos públicos que no admiten preguntas. El vicepresidente de la Nación tampoco las permite, aun en las ruedas de prensa que convoca para dar explicaciones sobre hechos poco claros.

Sin embargo, la prensa es una intermediaria, no exclusiva pero sí informal y necesaria. El escritor Hans Magnus Enzenberger señaló una paradoja política: a mayor responsabilidad política mayor encapsulamiento del funcionario, que tendrá vuelos especiales, rutas liberadas, escoltas, helicópteros, guardaespaldas y apretadas agendas sin tiempos para escuchar al ciudadano de a pie. A mayor encumbramiento menos conoce de primera mano el político los temas básicos de la vida real: el precio del tomate, los problemas de viajar en ómnibus, el saber descifrar trámites municipales para cumplir con la burocracia que le permita pagar una multa.

Es entonces cuando la pregunta en rueda de prensa puede descubrir tanto los problemas de la vida cotidiana como los temas que la ciudadanía quiere conocer en detalle sobre la gestión de gobierno. Es gracias a la prensa libre que la opinión pública, no solo argentina, conoció graves sucesos como la valija con 800 mil dólares, los negocios que vinculan a la familia del gobierno con los Eskenazi, Cirigliano o con Cristóbal López, las causas de la tragedia de Once, la censura larvada en la ley de Papel Prensa, el affaire Ciccone-Boudou, por citar escasos ejemplos.

Los periodistas extranjeros, por su parte, no son embajadores, pero trabajan para lograr que otros pueblos conozcan lo mejor posible cómo es el país enviando sus crónicas, que pueden o no coincidir con las de los discursos oficiales. Y al igual que sus colegas argentinos, ellos quiere conocer, enterarse, saber sobre la actualidad, pero no de un modo unidireccional, con esa versión única que llega certificada desde el atril.

Hoy la divisa del cristinismo -“Vamos por todo”- parece poner en la bolsa también a la prensa libre. Los indicios son cada vez más graves. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) pocos días atrás dio a conocer un documento en el que se señala el hostigamiento gubernamental hacia la prensa en Argentina, utilizando la publicidad estatal o los discursos para acusar, con nombre y apellido, a periodistas o la falta de sanción de leyes sobre el acceso a la información pública y la publicidad oficial.

De no cesar esos desvaríos autoritarios, una carta abierta como la publicada por la senadora Estenssoro el miércoles 25 de abril, de descarnado contenido, sobrio estilo y fundamentadas reflexiones, en poco tiempo más no podrá llegar a la ciudadanía, no por haber censura previa sino porque ya no habrá papel. No al menos para determinados diarios, esos que comunican lo que este gobierno quiere que callen.

jueves, 19 de abril de 2012

Sincericidio y suicidio colectivo


Dr. Armando Frezze,19/abr/2012, para El Tribuno

“Quiero que quede bien claro, es la primera vez en 17 años que la República Argentina tiene que importar gas y petróleo y que esto nos significa un pasivo hidrocarburífero, por primera vez en la historia, de más de 3.000 millones de dólares”. Estas palabras pronunciadas por Cristina Fernández al anunciar la expropiación parcial de YPF, además de autoincriminatorias, describieron un desesperanzado escenario que, sin embargo, venía siendo descripto desde mucho tiempo atrás. En tiempos que gobernaba Néstor Kirchner y la situación no era aún grave, se formularon advertencias, nunca escuchadas, sobre la posibilidad de un futuro económico difícil, al cual la Presidenta ha otorgado ahora un estado de certeza.

Cuando el costo del barril trepó de 25 dólares en 2002, hasta el récord de 140 dólares en julio de 2008, la preocupación llevó a un grupo de exsecretarios de Energía de la Nación, peronistas y radicales, a trabajar sobre la producción energética nacional y al cabo de casi un año se concretó en un documento, “Propuesta de una política de Estado para el sector energético argentino”, que se hizo público el 11 de marzo del 2009.

En su inicio expresaba: “El sector energético afronta serios problemas estructurales sin soluciones a la vista; para resolverlos se debe formular una política de Estado a largo plazo; Argentina tiene un presente decadente en materia productiva y un futuro incierto”. Entre las causas del atraso productivo los autores señalaron distorsiones, una de las cuales vale como síntesis: “No hay planificación energética de largo plazo”.

Eso afirmaron en 2009 Jorge Lapeña, Alieto Guadagni, Roberto Echarte, Raúl Olocco, Julio César Aráoz, Daniel Montamat, Enrique Devoto y Emilio Apud, quienes ejercieron la conducción de la Secretaría de Energía en alguno de los gobiernos entre 1986 a 2003. “Tenemos un sector energético en declinación productiva persistente. Se trata de la manifestación de un problema estructural que abarca cinco aspectos: políticos, institucionales, legales, técnicos y tarifarios”, afirmaron. Junto a la descripción propusieron también las medidas y acciones necesarias para alcanzar el inicio de las soluciones. Hay que recordar que, además, los ocho exsecretarios en 2010 enviaron una carta al actual secretario de Energía pidiendo información sobre las importaciones de fuel oil desde Venezuela, que se compraba más caro que el que exportaba para esa misma época el país, un sinsentido que llevó adelante la petrolera estatal argentina Enarsa, fundada por Néstor Kirchner en 2004.

Ahora la Presidenta ha descubierto que el país ya no tiene recursos para la importación de combustible, circunstancia que se produce por la falta de políticas energéticas imputables a su administración y a la de su marido. Al describir los hechos, aceptó implícitamente su responsabilidad política, una novedad impensada, fuera del manual del kirchnerismo. En lugar de echarle la culpa a las administraciones anteriores de 2003 hacia atrás -como lo ha hecho regularmente-, aceptó que una de las causas del actual escenario en abastecimiento de hidrocarburos ha sido un insuficiente control estatal. Es cierto, porque si se cumpliese a rajatabla la ley que creó Enarsa S.A. el presente energético argentino debería de ser otro.

Podría afirmarse que el reconocimiento formulado por la presidenta Cristina Fernández es lo más parecido a un sincericidio político, novedad inaugurada en el país poco tiempo antes por el actual vicepresidente, en una conferencia de prensa. El viceministro de Economía, Axel Kicillof, lo cometió en grado de tentativa cuando concurrió al Senado el martes.

Estos sinceramientos de la dirigencia política argentina han resultado casi simultáneos con las reflexiones del Nobel Paul Krugman, publicadas bajo el título “Europe's Economic Suicide”, en las que señala “la aparente decisión de los líderes europeos de acometer un suicidio económico colectivo”, porque en lugar de repensar las políticas que originaron la situación actual “insisten en sus políticas e ideas fracasadas, siendo cada vez más difícil pensar que cambiarán de rumbo”. En el caso argentino el suicidio político de la dirigencia está llevando al enfrentamiento comercial, y posiblemente judicial, con demasiados Estados extranjeros. Para la Argentina es lo más parecido a un suicidio económico colectivo.

El Grupo Salta acaba de heredar otro libro para la memoria histórica

Ernesto Bisceglia, 19/abril/2012 para El Intransigente


SALTA.- Desde el humilde sitio del lector y en tiempos en que la dinámica social impone favorecer la filosofía del tener antes que el cultivo de los valores del ser, resulta valioso para una comunidad como Salta contar con un grupo de personas que dedique espacios mentales a la reflexión, a la investigación y hasta la más pura imaginación para volcarlos en trabajos escritos; todo lo cual atento a que en ello va comprometido lo más valioso que posee hoy un ser humano: su tiempo.

Porque hay que decir cuánto de ese tiempo lleva la labor del escribiente, que nada es comparado con el que antes debe invertir en la lectura, pues como está dicho, “antes de ser un buen escritor, hay que ser un buen lector”.

De esa manera, la gente del Grupo Salta, se diría, conjuga dos categorías igualmente interesantes, necesarias y complementarias –más aún- inmediatamente conexas, aquellas de la literatura y el periodismo. De hecho, todo gran escritor, antes ha sido periodista. Dos oficios cultos donde el primero se nutre de la función expresiva del lenguaje, incluso poética; mientras que el segundo hace a la representación de ese lenguaje, o sea, construye una realidad que muestra al lector, cumpliendo a su vez una doble tarea, la de informar y la de formar.

De ambas manifestaciones hay en los escritos que componen este Tercer volumen editado por el Grupo Salta bajo el título "La Provincia de Salta: Enfoques y Perspectivas III".

Será importante además destacar el aporte que significan al acervo cultural de la Provincia de Salta libros como éste, porque en esa relación literatura-periodismo, los autores ofrecen para “los venideros” como dirían los griegos, una descripción objetiva de la realidad; algo que de otro modo quizás quienes nos sucedan debieran buscar en novelas, relatos cortos o una fatigosa investigación de periódicos.

Aquí, en los escritos del libro del Grupo Salta, transita la vida subjetiva y hasta emocional de gentes que son y que mañana serán, que no han pasado simplemente sino que dejan ese testimonio que entonces, cuando alguien de otro tiempo se encuentre con estos libros podrá conocerlos y saber de cómo fuimos como sociedad.

Ése, es pues, el valor más aquilatado que tiene el Grupo Salta, el de haber reunido a personajes de distintos estratos y diferentes corrientes de pensamiento, desde ultracatólicos hasta impenitentes y contumaces agnósticos, desde conservadores hasta neoperonistas, todo por obra y milagro del sentido común y la vocación por escribir que pueden hacer coincidir en un disentimiento creativo y altamente constructivo, que enseña que más allá de los abismos –incluso- mentales, está ese “alte ego” que Aristóteles define como tan necesario para que podamos ser una comunidad. Creciendo en la diferencias, lo cual lo hace mucho más divertido. En suma, se podría hasta hablar de un perfecto equilibrio entre la razón y la fe.

Ha sido la de anoche, más que una presentación, una gala para la cultura de Salta que acuna un ejemplar más que se convierte en un bien heredable para la sociedad. Vaya el saludo, no sólo por la obra, sino sobre todo por ese espíritu tan ecuménico, imprescindible para ser una sociedad civilizada.

miércoles, 11 de abril de 2012

El peso del pasado


Gregorio A. Caro Figueroa, mar/2012 para Todo es Historia

El pasado pesa. El exceso de memoria y el olvido evasivo, también. El abuso y la manipulación de ambos, agobian. Así como no conviene confundir recuerdos personales con historia, tampoco es bueno hacer un lastre del pasado. Para unos, esta hipertrofia del pasado suele ser un rasgo de decadencia. Según otros, el abuso puede ser un síntoma de trastornos de la identidad de un pueblo.

Tales trastornos pueden tener su origen en malestares e incertidumbres provocados por amenazas reales o imaginarias a identidades que, para acentuar sus rasgos, necesitan recurrir a visiones ideológicas de la historia. Colocar el centro de gravedad en el pasado, reavivando y prolongando querellas, suele ser un estimulante para la acción y un recurso para ocultar problemas actuales.

En su denuncia de “la historia falsificada”, aludiendo a Juan Manuel de Rosas, Ernesto Palacio señaló como obligación “la glorificación –no ya la rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino”. Esto señalará el despertar de la conciencia nacional. Esta reivindicación estuvo ligada a la admiración por Francisco Franco, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”.

La identidad de la Argentina, receptora de millones de inmigrantes, carece del sustrato histórico de “naciones homogéneas”. Esas naciones no solo son resultado de “la suma de tradiciones familiares”, sino que sus historias coinciden con esas tradiciones, explicó Palacio.

Nuestra heterogeneidad y debilidad de origen deben sustituirse con la “comunidad espiritual de un ideal nacional”, capaz de absorber y transformar esas diferencias instalando la historia como núcleo del ser nacional, y las tradiciones y la memoria nacionales en el corazón de una visión histórica que no solo debe ser inculcada sino, también, impuesta.

Desde la vertiente “revisionista-popular”, como desprendimiento del esquema país-real país-formal, se contrapuso la memoria y la tradición oral, trasmitidas en “el íntimo escenario de la amistad”, a la historia erudita, académica y documentada.

De la primera, en la que se confunden memoria individual y memoria colectiva, derivaría la verdadera historia: no ya de un gran hombre, sino del pueblo, o de su caudillo, como protagonistas. De la segunda, la “historia oficial” escrita por una elite al servicio de sus intereses antipopulares y antinacionales.

Esta visión maniquea, su obsesión por el pasado y el “frenesí de liturgias históricas”, están recrudeciendo. No asistimos a un tropical reverdecer latinoamericano. Menos aún, a un fenómeno típicamente argentino. Las expresiones locales de este interés por el pasado y las conmemoraciones forman parte de una antigua y recurrente tendencia que se manifiesta hoy en Europa.

Con estilos y argumentos diferentes, defendiendo sus respectivos intereses e ideologías, conservadores, progresistas y populistas participan de este culto a la memoria y del frenesí conmemorativo que lo expresa. Durante gran parte del siglo XX, de la mano de regímenes totalitarios, el riesgo no fue el exceso de memoria sino su supresión y destrucción.

Tales regímenes destruyeron la memoria para poder reescribir la historia, cortando sus telas a medida de sus intereses. Si la historia del Reich milenario “puede ser releída como una guerra contra la memoria”, ocultando y controlando la información, como observó Primo Levi, también pueden serlo las historias de la Unión Soviética y de China comunista.

En los años 90, Tony Judt y Andreas Huyssen advirtieron que, por un lado, las sociedades postmodernas son, a la vez, más olvidadizas e ignorantes del pasado y, por el otro, promueven esta “auténtica manía de monumentos y museos, nostalgias culturales y novelas históricas”. Esta saturación favorece que se mezclen marketing de la memoria con manipulación y explotación política.

Lo que es más grave y paradójico: estos excesos están vaciando la historia no solo de rigor, sino también de sentido. Este retro progresismo se podría explicar “por una pérdida de fe en el progreso, una reacción ante la aceleración del cambio tecnológico y la conciencia de la desaparición de la generación que vivió el Holocausto”.

Borges criticó los excesos de la memoria. El hombre podría producir “lo que necesita sin recurrir al pasado”, y anticipó: “con el tiempo se va a llegar a eso, porque ya hay demasiados museos, hay como una carga de memoria demasiado pesada”. Ahora hay demasiados museos, pero muchos de los nuevos están huecos de memoria.

David Rieff retomó la crítica a la llamada “cultura de la conmemoración” o “moda de la memoria”. Rieff comprobó sobre el terreno durante la guerra en la ex Yugoslavia, las trágicas consecuencias que acarrean los odios ancestrales avivados por “recuerdos” colectivos de mitos de un pasado manipulado políticamente.

Aquella guerra no estalló por diferencias étnicas e históricas: “fue encendida por ideólogos nacionalistas que transformaron el narcisismo de la diferencia menor en la monstruosa fábula de que la gente del otro lado eran asesinos, mientras ellos era víctimas inocentes”, señala Misha Glenny. La limpieza étnica comenzó “limpiando” la historia de “enemigos”.

Paul Ricoeur, que aborda con mayor profundidad el problema de la memoria y el olvido, y de la memoria y la historia, explica que entre el recuerdo y el olvido está la “memoria justa”. Con esa expresión alude a la idea de la justa distancia que tenemos que mantener respecto al pasado. “No hay que estar muy apegado a él ni alejarse en exceso, sino encontrar la justa distancia. La sabiduría de la que hablo consiste en esa proximidad que traen consigo algunos distanciamientos”.

En América latina resulta doblemente paradójico que sectores que se consideran progresistas, hagan profesión de fe antimoderna y de cerrazón autárquica, abrazando las obsesiones del pasado en clave memorística y entronizando el culto a un santoral sectario. Aunque recrudezcan hoy bajo otros climas, no son nuevas esta “politización de la historia” ni esta “historización de la política”, advierte Diana Quatrocchi.

Aunque protagonizado por especialistas, el debate sobre las diferencias entre memoria personal, memoria colectiva e historia se proyecta más allá de esos círculos: influye en la convivencia social y en las políticas de Estado. La memoria selecciona, busca justificar y legitimar, suele ser emotiva e imprecisa y, por eso mismo, genera pasiones y las exalta cuando se intenta imponer desde el Estado una memoria sesgada y única.

Ese tipo de memoria, como recuerdo de un pasado vivido o imaginado, “ha llevado a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación, y a la determinación de buscar revancha más que al compromiso con la dura labor del perdón”, señala Rieff.

Por el contrario, la historia apunta al rigor y a la crítica; busca y contrasta pruebas, procura conocer y explicar. La historia, a diferencia de la memoria, “está obligada a dar cuenta de todo”. “La historia reúne; la memoria divide”, señala Pierre Nora. Si esa memoria no es plural, divide, excluye, simplifica lo complejo, alimenta enconos. “La política de la memoria tiene que respetar una pluralidad de memorias”.

Santos Juliá advierte sobre los riesgos de confundir la memoria con la historia, refundiendo ambas en la caldera de los nuevos estudios culturales. Frente a esos intentos, sin negar otras formas de abordar el pasado, reivindica la autonomía de la historia como campo propio, saber crítico y conocimiento científico del pasado. No se trata de divorciar la memoria de la historia: se trata de delimitar sus respectivas esferas para tender puentes entre ambas.

Sin desconocer esas estrechas relaciones, Pierre Nora afirma que memoria e historia “funcionan en dos registros radicalmente diferentes”. “La memoria depende en gran parte de lo mágico y sólo acepta las informaciones que le convienen. La historia, por el contrario, es una operación puramente intelectual, laica, que exige un análisis y un discurso críticos”.

Juliá, autor de “Historias de las dos Españas” (2004), quizás sea quien aporte la mejor síntesis de este debate cuando advierte que, “en la medida en que la memoria desplace a la historia, estamos sembrando el camino de nuevos enfrentamientos”. Aquí no se está debatiendo solo sobre el pasado: a través de él, lo que se está discutiendo es el futuro cercano.-

martes, 10 de abril de 2012

La Quebrada del Toro


Dr. Ricardo Alonso, 8/abr/2012, para El Tribuno

Entre las maravillas paisajísticas de Salta, no es menor la bellísima Quebrada del Toro, por la cual circula el famoso Tren de las Nubes del ramal C-14 del Ferrocarril General Belgrano.

Se trata de un profundo rasgo erosivo de los Andes del Norte Argentino que puede tipificarse como un cañón.

Forma parte del sistema de cañones que drena la cara oriental de la Puna y que se descuelgan desde alturas que superan los 5 km sobre el nivel del mar hasta alcanzar los valles inferiores como el de Lerma, en Salta, o el de Jujuy.

Estos magníficos cañones, que corren ajustados entre altas montañas y representan, metafóricamente hablando, hachazos tectónicos en la “carne” andina, presentan en su interior ríos torrenciales de gran poder erosivo.

Esos ríos dan generalmente el nombre a la quebrada que los contiene como el de Escoipe, el Calchaquí, el Grande de Humahuaca, el de las Conchas y el que aquí nos interesa: el Toro. Jaime Dávalos inmortalizó la frase “Toro viene el río”, para hacer referencia a ese río que en verano brama como un toro enfurecido.

No se sabe con certeza el origen del topónimo, y los distintos autores salteños que aportaron a la etimología (A. F. Cornejo, J. V. Solá, F. R. Figueroa y otros) piensan que es una palabra indígena que hace referencia al barro.

Efectivamente los días de verano, entre tormenta y tormenta, se aprecia el color marrón oscuro de sus aguas torrenciales pastosas y se puede respirar en sus orillas el olor del barro con ese característico perfume de las arcillas húmedas.

El Cañón del Toro propiamente dicho corresponde al tramo inferior, esto es, entre las localidades de Ingeniero Maury (2.358 m) y Campo Quijano (1.521 m), donde el río corre estrechamente encajonado entre rocas precámbricas de la Formación Puncoviscana, a lo largo de unos 26 kilómetros.

Cerca de su desembocadura, recibe las aguas de un gran afluente como es el río Las Capillas y el río de las Arcas. Las Capillas nace en el cerro Acay (5.716 m) corre encajonado entre la Sierra del Chorro, al este, y el Cordón de Lampasillos, al oeste. Estos cordones alcanzan alturas de entre 4.500 y 5.700 m (cerro San Miguel).

A partir de Ingeniero Maury, una potente falla geológica pone en contacto las rocas duras y lajosas grises de la Formación Puncoviscana sobre rocas blandas rojizas del periodo Terciario. La erosión actúa más fuerte sobre esas rocas deleznables, logrando una mayor erosión y, por lo tanto, la quebrada se hace más ancha. Esta situación se mantiene hasta llegar a Puerta de Tastil, donde recibe un gran brazo que viene desde el norte formado por El Toro, Rosario, San Bernardo de las Zorras.

El otro brazo baja desde los Altos de Muñano, en el borde de la Puna, cortando a la Formación Puncoviscana hasta Las Cuevas, desde donde empieza a encajonarse nuevamente a través del Batolito Granítico de Tastil y así sigue hasta El Alfarcito.

Gran parte del Cañón del Toro se desarrolla en las rocas rotas por el lineamiento de Calama-Olacapato-

Toro, una estructura tectónica regional de gran importancia.

El Cañón del Toro tiene una orientación general noroeste-sudeste y está flanqueado por altas sierras, que en conjunto se elevan por encima de los 4.000 msnm, alcanzando un punto culminante en el Nevado de Chañi (5.896 m).

La longitud

El Cañón del Toro tiene unos 90 km de longitud, entre los Altos de Muñano, al oeste, y la localidad de Campo Quijano, al este. Las diferencias de altura entre el punto oeste a 4.180 msnm, en Abra Blanca, con Campo Quijano a 1.521 m, es de 2.659 metros.

Esto nos da una pendiente general de casi el 3%. Las diferencias de nivel entre el cauce y las altas montañas alcanzan entre 1.000 y 1.500 m, en distancias horizontales menores a 10 km.

Resumiendo, el Cañón del Toro es una estructura tectónica y morfológica del ambiente de la Cordillera Oriental, que se extiende en sentido noroeste-sudeste a lo largo de 90 km, limitado por altas sierras con alturas del orden de los 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Comprende una cuenca exorreica, con drenaje hacia el sur, que tiene como colector principal al río Toro y numerosos afluentes que drenan desde las sierras orientales y occidentales. Entre la base del río y las altas sierras, se presentan desniveles de hasta 1,5 km.

La geología general, al igual que la del Cañón de Humahuaca, está conformada por rocas de los períodos Precámbrico (Formación Puncoviscana), Granito de Tastil, Cámbrico (Grupo Mesón), Ordovícico (Grupo Santa Victoria), Cretácico-Paleógeno (Grupo Salta) y Cenozoico (Mio-Plioceno y Pleistoceno).

Excelentes afloramientos rocosos están expuestos en las cientos de quebradas que drenan las altas montañas.

Uno de los aspectos sobresalientes es el tectonismo extremo a que fueron sometidas las rocas, al punto tal que fallas inversas de gran longitud y profundidad sobreponen a unas formaciones sobre las otras en un intrincado juego de imbricaciones y repeticiones.

Es importante señalar que a lo largo del Cañón del Toro corren la ruta nacional N´ 51 y el ferrocarril C-14 Huaytiquina, separándose ambos en Puerta de Tastil, para volver a unirse en Muñano. Partiendo de Campo Quijano hacia la Puna, el paisaje comienza con una vegetación abundante en la boca de la quebrada, que rápidamente se pierde, quedando los cerros apenas tapizados por pastos ralos y por abundantes cicatrices de erosión.

A pocos kilómetros se encuentra el Viaducto del Toro, una impresionante obra de ingeniería ferroviaria que cruza el cañón de banda a banda. La ruta corre en parte por el río y en parte por la cornisa. Las primeras localidades son Río Blanco, El Mollar, El Alisar y Chorrillos, hasta donde el camino es de tipo consolidado. En este tramo se encuentran soberbios ejemplares de cardones de varios metros de altura.

Mayor aridez

Luego se inicia el asfalto que llega hasta Muñano. A partir de Chorrillos (2.111 m) se llega a Ingeniero Maury y enseguida a Manuel Solá (2.555 m), donde el paisaje cambia bastante y se nota una mayor aridez. Unos kilómetros aguas arriba está Puerta de Tastil, donde el río principal se abre en dos grandes brazos: el oriental, por San Bernardo de las Zorras y las Lagunas del Toro; y el occidental por El Alfarcito, Santa Rosa de Tastil y Las Cuevas, alcanzando ambos el borde de la Puna, que actúa como divorcio de las aguas.

La Quebrada del Toro, y su portentoso cañón fluvial, merecen ser considerados entre las maravillas geológicas de Salta.

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